Era una tarde de fiesta infantil en casa de mis sobrinos. Tenía mi cámara Canon en mano, como siempre, buscando ese momento que valga la pena guardar. La mayoría de los invitados huía en cuanto veían el lente apuntarles, como si la cámara fuera algo de temer.
Pero Dulce no.
Mi sobrina volteó, me miró directo a los ojos y sonrió. Sin poses, sin prepararse, sin fingir. Acababa de llegar de la escuela y ahí estaba, con toda su naturalidad y su alegría intacta.
Ese gesto tan sencillo me dijo todo. Supe en ese momento que tenía que dibujarlo.
No siempre necesito una fotografía perfecta para crear un retrato. A veces solo necesito una fracción de segundo donde alguien se muestra tal como es. Dulce me regaló eso sin saberlo, y yo lo guardé para siempre en grafito y carboncillo.
Porque de eso se tratan mis retratos: de capturar lo que una fotografía toma en un instante y convertirlo en algo que dure toda la vida.


